Lo que he aprendido fotografiando a cientos de familias
- Emelyn Nuñez Photography

- 21 ago
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Actualizado: 22 ago
Con el tiempo he perdido la cuenta de cuántas familias han pasado frente a mi cámara. Madres embarazadas, padres nerviosos, bebés que apenas abren los ojos, hermanos que se pelean y se abrazan en la misma sesión… cada historia, cada sesión, me ha enseñado algo.
Y aunque parezca que soy yo quien guía la sesión, lo cierto es que también aprendo muchísimo observando a las familias, escuchando sus risas, sus silencios, su forma de quererse.

Aquí te comparto algunas de las cosas más valiosas que me ha dejado este camino:
1. No hay una familia "perfecta", y eso es lo más bonito
He visto familias que llegan corriendo, otras que se sienten un poco caóticas, niños que no quieren mirar la cámara, papás que no saben dónde ponerse. Y aun así, siempre hay belleza. Siempre hay una conexión que se revela entre toma y toma. Aprendí que no hace falta posar perfecto para contar una historia real.
2. El amor se nota en los pequeños gestos
Una mano que acomoda el cabello, un beso espontáneo, una mirada que se escapa sin que nadie la pida. Esos momentos no se pueden planear. Y cuando los capturo, me doy cuenta de que el amor no siempre se grita… a veces se susurra.

3. Cada etapa merece ser celebrada
Hay quienes piensan que solo se hacen fotos en ocasiones "importantes", pero cada etapa tiene algo que vale la pena recordar: la espera, el primer año, los dientitos. Con los años, esas fotos se vuelven tesoros.
4. La cámara no miente, pero también sabe abrazar
Muchas mujeres llegan con inseguridades: "me veo cansada", "estoy gorda", "no sé posar". Pero cuando se sienten cómodas y se olvidan de la cámara, ocurre la magia. Aprendí que mi trabajo no es solo hacer clic, sino también hacerlas sentir seguras, vistas y hermosas.
5. Los niños enseñan más de lo que imaginamos
Son auténticos, impredecibles, intensos… y eso es maravilloso. Me han enseñado a tener paciencia, a soltar el control y a disfrutar el momento tal como es. Porque en el juego, en el desorden, en la risa sin filtro, también hay belleza.

He aprendido que fotografiar familias no es solo capturar imágenes bonitas. Es entrar —por un ratito— en un mundo íntimo. Es ser testigo de vínculos, de historias, de emociones. Y cada sesión me recuerda por qué amo tanto lo que hago.
Gracias a todas las familias que han confiado en mí. Gracias por abrirme la puerta a sus momentos más especiales. Ustedes también han dejado una huella en mí.



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