Un día intenso en el estudio
- Emelyn Nuñez Photography

- 23 ago.
- 4 Min. de lectura
Hoy quiero compartirles una experiencia muy particular que viví en el estudio, de esas jornadas que parecen no tener fin y que ponen a prueba la paciencia, la organización y hasta la energía personal.
La noche anterior apenas dormí. Me acosté a la 1 de la mañana y a las 4 AM ya estaba despierta, aunque en realidad me levanté una hora después, cerca de las 5. Desde ese momento estuve dando vueltas en casa en modo automático, casi como un zombi. Miraba cosas, caminaba de un lado a otro, pero no me sentía realmente presente. Y cuando menos lo pensé, ya era hora de prepararme para el trabajo.
Salí de casa sin el cuidado de siempre: sin hidratarme la piel, sin protector solar, sin maquillaje. Algo tan simple como aplicarme una crema hidratante, que nunca dejo de hacer, esta vez no tuvo cabida en la prisa y el agotamiento que aún no notaba. Y lo más increíble: en toda la mañana no probé nada, ni comida y apenas medio vaso de agua cuando normalmente me tomo unas 30 onzas al despertar,
La primera sesión: un inicio accidentado
Llegué al estudio con la idea de que todo estaba bajo control, pero una hora y media después me llevé una sorpresa amarga: el Uber para los pasteles nunca se había confirmado. Yo creía que lo había pedido, pero en realidad no terminé la transacción.
Justo en ese momento estaba llamando a mi colaboradora, la chica que me hace los pasteles, intentando comunicarme con ella… y fue ahí cuando la clienta llegó al estudio. No había tiempo para más.
Con nervios, pero tratando de mantener la calma, decidimos arrancar la sesión sin pastel. La bebé fue un encanto: sonriente, pícara y llena de energía. Jugamos con props como los cubos, la bicicleta y el cisne.

Luego pasamos al set de bubble bath, que siempre requiere más trabajo, pero gracias a su buen humor todo fluyó de maravilla.
Cuando finalmente el pastel llegó —bajo la lluvia, con mis crocs mojados y yo corriendo a recogerlo— sentí un alivio enorme. El chofer del Uber fue muy amable y hasta me ayudó entregándome el pastel en la mano. Esa pequeña acción me recordó que, en medio del caos, siempre hay gestos de bondad que alivian el momento.

Con el pastel en el estudio, la bebé cerró su sesión con un cake smash lleno de risas y ternura. Se ensució, probó un poco del pastel y nos regaló esas fotos inolvidables que tanto alegran a las familias. Sí, la sesión se extendió más de lo planeado, pero valió cada minuto.
La segunda sesión: Jimena a su manera
Después llegó Jimena, una niña muy especial para mí porque he tenido el privilegio de fotografiarla desde que estaba en la barriga de su mamá. Hice su sesión de embarazo, luego su newborn, después su primer añito,Sitter y ahora regresaba para celebrar sus dos años.
Jimena es encantadora, pero ese día tenía una decisión firme: no quería subirse al cisne. Aunque estaba feliz y sonriente en otros momentos, simplemente no quiso. Y mientras tratábamos de persuadirla con paciencia, el tiempo avanzaba y ya la siguiente familia estaba llegando al estudio.
Yo estaba agotada, y fue justo en ese momento —a eso de las 3 de la tarde— que tomé mi primer café del día. Recién ahí me di cuenta de que hasta ese momento no había ingerido absolutamente nada desde el día anterior
Con poco margen de maniobra, decidimos pausar algunas fotos y pedir a la familia que me esperara para retomarlas más tarde, porque necesitaba continuar con la tercera sesión.
La tercera sesión: Nahim
La tercera sesión fue con Nahim, un bebé del plan Watch Me Grow, a quien le tocaba su sesión sitter. Un niño tranquilo, risueño y muy colaborador. Lo vestimos y comenzamos a tomarle fotos, y como todo bebé, también tuvo sus momentos: le dio hambre y mamá tuvo que darle unas galletitas y su biberón de leche. Decidí no detenerme ahí: esos instantes también cuentan historias, así que le tomamos fotos mientras comía, con su expresión tan natural y espontánea.
Cuando recuperó el ánimo, continuamos con la sesión y logramos imágenes preciosas. Lo curioso es que estas sesiones suelen durar unos 30 a 35 minutos, pero con Nahim estuvimos casi una hora completa.

A veces el tiempo no se mide por reloj, sino por el ritmo que el bebé marque. Y ese día él marcó su propio compás, y yo me adapté.
Volver a Jimena
Al terminar con Nahim, regresó Jimena con sus papás para intentar completar las fotos pendientes. Ya en ese momento coincidían dos familias dentro del estudio, algo poco habitual y un tanto caótico, pero necesario.
Aunque Jimena siguió firme en su negativa de montarse en el cisne, nos regaló momentos muy lindos en la bicicleta y en una sillita. Sonrisas, miradas alegres y un par de poses espontáneas que resultaron mágicas.

Su mamá quedó contenta y yo sentí la satisfacción de haber cerrado el círculo, aunque con más esfuerzo de lo normal.
La reflexión del día
Cuando miré el reloj, eran las 5 de la tarde. Yo no había comido nada, apenas había tomado agua, y mi cuerpo pedía a gritos un descanso. Se me notaba el cansancio, y era evidente que no estaba en mi mejor momento.
Sin embargo, las sonrisas de esos niños y la felicidad de sus mamás me hicieron olvidar todo eso. Me recordaron por qué hago lo que hago, y por qué vale la pena cada esfuerzo.
Hoy confirmé, una vez más, que mi trabajo es mi terapia. Que, aunque llegue al estudio agotada o con la mente llena de preocupaciones, siempre encuentro una forma de dar lo mejor de mí para que cada familia tenga recuerdos hermosos de sus hijos.
Porque al final, la magia sucede… incluso en los días más difíciles.
Epílogo
Ahora son las 11:49 de la noche. Estoy aquí, frente a la computadora, terminando de editar las fotos y escribiendo este blog para compartirles mi día.
Ya es hora de darme una ducha caliente y, por fin, descansar. Mañana será un nuevo día, con nuevos retos y nuevas historias que contar.




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